CRÓNICAS VENUSIANAS
La vida sin interrogantes
Una noche de éstas de desvelo, otra “presunta” revelación sobre la brecha emocional entre el sexo masculino del femenino, vino a mí. Entendí que no hay nada que nos aleje más que nuestra inevitable costumbre de hacernos –y hacerles- preguntas. La verdad es que inicialmente quise hacer una lista sobre las comunes preguntas que aterran a los hombres, pero llegué a concluir que sería inútil, puesto que tendría que incluirlas todas, absolutamente todas.
Claro que hay un grupo de las que son particularmente temidas, entre la cual se cuentan las célebres “¿qué soy yo para ti?” “¿adónde va nuestra relación?” “¿en qué estás pensando?” Y “¿me veo gorda?” Pero sin duda, es difícil encontrar una, que entre seres del sexo opuesto, no resulte incómoda.
Nosotras, las mujeres, pasamos incontables horas de nuestra vida haciéndonos preguntas, a nosotras mismas y a los demás. Empezando por lo que queremos ser y hacer; siguiendo con lo que nos gusta y no nos gusta, con lo que estamos dispuestas a tolerar y lo que no, preguntamos lo que otros aprueban o desaprueban, a menudo, sin encontrar respuestas que nos satisfagan, si es que encontramos alguna.
A veces, interrogamos aún sabiendo que las respuestas no nos van a gustar. Preguntamos sólo para reafirmar una sospecha que hace tiempo tenemos. Sucede, por ejemplo, cuando sabemos que una relación está a punto de caducar y sólo buscamos una razón más –aún cuando ya las cosas se caigan de maduras- para ponerle punto final.
También nos preguntamos constantemente en los momentos de espera, ¿cuándo llegará “el adecuado”? ¿cuándo me casaré? ¿será este “el hombre”? al punto de desesperar porque dichos cuestionamientos no tienen respuestas certeras. No en vano, somos nosotras las que llenamos las agendas de toda suerte de brujos, adivinas, tarotistas y videntes. Siempre preguntando cuándo, quién, cómo, dónde y cuándo, cuándo, cuándo…
En este mundo de preguntas banales, hay sus personajes célebres. Como Carrie Bradshaw es sus capítulos de Sex & The City, que siempre tiene una pregunta capciosa para cerrar sus columnas del New York Star. Ella no puede evitar preguntarse “¿seremos princesas esperando ser rescatadas?”, “¿por qué peleamos?” “¿hay que meter el propio yo en una concha para poder sostener una relación?”, entre muchas otras. Aún con todo lo que pasa en la serie y siendo Carrie tan elocuente, nunca halla una respuesta.
Otras preguntadoras famosas: las brillantes conductoras de talk shows Oprah, Cristina, Marietta, Mayte y pare usted de contar. Todas sabemos que su “tema del día” nunca nos va a dar una revelación que acabe con nuestros dilemas y aún así, podemos llegar a convertirnos en asiduas televidentes de sus programas.
Es inevitable para mí preguntarme si alguna condición del cromosoma Y inhibe en sus poseedores la capacidad de hacerse preguntas, y aún más, acaso ¿genera un absoluto rechazo a ellas? Tal vez no completamente, puesto que mucho han aportado a la investigación, a las ciencias, a la literatura.
Quizás, el rechazo se genera entonces a aquellas elaboradas por la mente femenina. Quizás, si hubiera sido a la mujer de Newton a quien le cayó aquella manzana, él –sin la más mínima preocupación- le hubiera dicho que se sobara la cabeza. Ella le hubiera preguntado si era que él ya no la quería y hubiera roto en llanto, y él, muy agobiado con sus inútiles preguntas, no hubiera tenido cabeza para descubrir la gravedad.
También me pregunto si es que estamos tan ocupadas haciéndonos preguntas tontas, que en la importantes, no nos hemos preocupado por buscar la igualdad con los hombres. Por eso, acaso, será que las más grandes teorías de la historia han sido casi todas mérito de los hombres: Platón, Descartes, Pitágoras, Einstein y pare usted de contar.
Pero lo cierto es, que aunque inútiles, angustiantes y a veces dolorosas, hacernos preguntas es algo que se nos hace extremadamente necesario. Sobretodo en cuanto a relaciones se trata. Podemos pasar horas, días, a veces hasta años, preguntándonos adónde va la relación, que querrá él decir con eso, qué hay detrás de sus acciones, por qué aquello no funcionó si parecía tan perfecto, si volveremos a encontrarnos, etcétera, etcétera, etcétera.
Soy una envidiosa de la simpleza masculina, nunca lo he ocultado. Por más que trate de no sucumbir a mi necesidad de interrogarme e interrogarlos a ellos en mi cabeza, siempre termino desvelándome, cuestionándome. Y a veces, hasta cometo ése imperdonable error que no tiene vuelta atrás en una relación: “disculpa, ¿puedo hacerte una preguntica?”. Y en el mismo momento en que las palabras empiezan a salir de tu boca, ya sabes que la cagaste.
Sin duda, sería mucho más feliz poder vivir una vida sin interrogantes. Porque está claro que cuando uno espera algo con desesperación el tiempo pasa más lento, más angustiante. Y a veces, el que ésas respuestas nunca lleguen termina siendo sumamente frustrante. Otras, las respuestas se presentan pero dolorosas, intolerables.
Creo, por otra parte, que las relaciones no deben ser muy exitosas si necesitan ser constantemente evaluadas, explicadas, enjuiciadas. Por algo ellos le temen tanto a la pregunta de los doscientos millones, sobre el estado y el futuro de una relación. Por eso prefieren un mundo sin interrogantes. Y quizás, al menos en eso, ellos tienen la razón. Mejor vivir la vida con exclamaciones, que con una interrogación.
Gabriela Agudo Adriani
30/10/06
PIQUE NIQUE
Hace 11 años.
1 comentario:
Esto se resume a una conclusión a la cual llegué hace un par de años: Para ser feliz no debes esperar nada que no venga de ti, cero expectativa, simplemente entrega lo que quieras si te provoca, pero nunca creas que por el simple hecho de dar, recibirás lo mismo a cambio... Alli empieza la decepción, el sufrimiento...Tu tranquila que de seguro el tiempo y tus buenas intenciones se encargarán de ser equitativos contigo...
Karla
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