CRÓNICAS VENUSIANAS
Crónica del amor posible
Un título nada atractivo, publicitariamente hablando. Así es, porque es que la historia del cine, de las telenovelas y de los dramas literarios que se han convertido en best-sellers, está hecha de lo contrario, de amores imposibles. Y de esa manera crecemos y aprendemos a ver el amor, como el resultado de una serie de cruzadas, desafíos, separaciones y hasta muertes para dar paso casi mágicamente a la realización de un amor que antes se creía imposible.
¿Dónde queda el amor posible? El que a diario reúne a hombres y mujer de igual similar condición social, origen, metas y aspiraciones. El que los lleva al altar sin nadie que en medio de la ceremonia grite “me opongo”. El que un día los sorprende en sendas mecedoras observando felices a su prole. El que los ayuda a construir una familia unida aún cuando en algún momento se hayan atrevido a asomar la palabra “divorcio”. El que supera los baches del tráfico, los pagos de las cuentas, las exigencias laborales, las discusiones maritales de rutina.
Quizás es que la felicidad plena y la perfección no hacen historia o tal vez, no existen tales condiciones en la vida de una pareja. Más bien creo que, todos, a diario, vivimos la historia de un amor imposible, librando batallas, con el otro y con nosotros mismos. Desde la mismísima búsqueda, uno intenta conciliar intereses, despertar la atracción suficiente, encontrar el equilibrio entre lo que le gusta y lo que no de la otra persona, solucionar obstáculos como la distancia, las diferencias de horario y de círculos para propiciar el encuentro.
Hay dos tipos de amor, creo yo, el cotidiano y el extraordinario. A veces, no más conocer a la pareja ya uno sabe cuál es el que le va a tocar. Casi siempre va relacionado directamente con la forma en la cual ambas mitades se toparon; si fue accidentalmente lo más probable es que se trate de una experiencia extraordinaria mientras que si el encuentro fue planificado casi siempre termina en una relación cotidiana y apacible. Por lo general, el amor extraordinario es el más apasionante, pero es también el más efímero. Genera demasiadas expectativas, que a la postre no son complacidas y deja el corazón en pedazos por un tiempo.
Lo cierto es que, contrario a lo que se puede pensar, tanto el extraordinario como el cotidiano tienen sus componentes de “imposibilidad”. El amor es imposible en uno y en otro tipo porque sencillamente se trata de unir permanentemente a dos individualidades en contra de su propia naturaleza, contra su tendencia a la territorialidad, a la formación y el mantenimiento de su propio carácter, a su ánimo de lucha y conquista, y el orgullo que mucho les ha costado defender. Dijo Dios que el hombre no se hizo para estar solo pero ¡cómo le cuesta estar en pareja!
La verdadera razón de este círculo absurdo que es el querer estar acompañado por un igual para luego desear quedarse solo nuevamente es sencillamente, que la vida en pareja es el sacrificio de la individualidad que tanto nos ha costado construir durante nuestro proceso de socialización y con la cual de alguna manera pretendíamos ser capaces de agradar a otros mientras además, nos sentimos bien con nosotros mismos.
Pero ya he dicho, que no tal cosa como la perfección. Por ende tampoco se puede ser ideal para nosotros y para los otros al mismo tiempo.
Una discusión con mi pareja me abrió los ojos y me hizo soltar una carcajada con el “descubrimiento”: hace un poco más de 6 meses pensaba en lo difícil que era encontrar una pareja, mientras ahora cuando creía estar construyendo una relación casi perfecta con una pareja casi perfecta, me doy cuenta de que lo difícil es, en realidad, luchar para mantener una relación de pareja cualquiera, aún cuando se crea perfecta.
Pero aún así, insisto. Insisto, como todos, en primer lugar, porque no quiero estar sola. En segundo, porque no estoy dispuesta a sacrificar el privilegio de disfrutar las cualidades que me hicieron acercarme a este hombre tan fabuloso, y dejar que otra se lo goce (no puedo esconder mi típica naturaleza de mujer egoísta). En tercer lugar, porque lo amo. ¡Ahí está! sin mucha explicación, porque uno ama sin ninguna racionalidad, de forma apacible o cotidiana, o como sea, pero ama y quiere estar con el otro y punto. Así mientras la insistencia me dure, pues seguiré insistiendo.
No recuerdo exactamente quién es el que dice que el amor eterno dura solamente tres meses, pero así es, sin duda. Curiosamente, más seguros estamos de que él es el indicado cuando apenas nos estamos conociendo, que cuando ya llevamos meses de convivencia. A medida que nos conocemos, y se asoman los defectos y las debilidades, empezamos a dudarlo.
En cambio, recuerdo muy bien que es Luis Fernández –o su padre a quien cita en “Sexto Sentido”- que dice que el matrimonio no es más que un ejercicio de aguantarse el uno al otro, hasta que uno de los dos se muere. Eso, son las relaciones, un constante entenderse, acostumbrarse, apoyarse, acompañarse, perdonarse, aunque suene aburrido y mucho menos atractivo que la apasionante aventura de la princesa retadora y el guapo príncipe guerrero.
El perdón es componente básico de toda relación amorosa a largo plazo. Más que la solidaridad, el deseo, el compromiso. Pero no el perdón de las infidelidades ni de las grandes mentiras, ni de los horribles engaños. No, me refiero al perdón de la cosas pequeñas, el de los pequeños defectos y errores que acumulados se van convirtiendo poco a poco en un gran problema. El perdón de a diario, de a cada ratico.
Lo loco del asunto llamado amor es como deja de ser posible o imposible y simplemente, se acaba. Así, a lo loco, sin mayores explicaciones. Es como una llama atacada por un vientecito, y a veces, por fuerte que parezca, sencillamente se extingue. Uno de los miembros, o los dos, simplemente se quedan sin ganas de insistir en esa dulce lucha, y escogen el camino fácil de estar solos. Sin nadie a quien acostumbrarse, sin nadie a quien apoyar o perdonar. Así se les hace más fácil pero también más insulsa la vida.
¿Complicado, no? Así es el amor, sencillamente imposible aún cuando posible. Es lo que no nos contaron cuando pequeñas; que el dragón de la Bella Durmiente, la manzana de Blancanieves, la zapatilla pequeña y delicada de la Cenicienta son en realidad metáforas burlescas de las diferencias que a diario, nos separan del príncipe encantado de nuestro cuento.
Es la zapatilla que nos aprieta a riesgo de romperse, lo caro del mercado, los malos olores del príncipe, el haber perdido la costumbre de abrirnos la silla y la puerta, el stress del trabajo, el entrometimiento de la suegra, los desatinos en el diario conversar y la mala costumbre de interrumpirte cuando estás hablando de algo que, como mujer, crees importante. Vivimos todos los días con el riesgo de romper la hermosa y frágil zapatilla, que tanto apreciamos aún cuando a menudo nos apriete. Un reto del día a día que, a mi juicio, suena más interesante, atractivo y constructivo, que el de aquellos cuentos, ¿o no?
Gabriela Agudo (9/08/06)
PIQUE NIQUE
Hace 11 años.
1 comentario:
interesante este post, gaby...
sin embargo, creo que cuando introduces el tema del perdón pareciera o bien que no le dedicas suficiente espacio o que -y yo me inclino por esta- que ese tema pertenece a otro artículo...
cariños
j.
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