"La más retadora y significativa relación es la que tienes contigo misma. Y si encuentras a alguien que pueda amar a esa tú que tú amas...eso, es realmente FABULOSO" Carrie Bradshaw

lunes, noviembre 13, 2006

CRÓNICAS VENUSIANAS

La camisa de la discordia

“La relación más importante no es la que tienes con alguien, sino la que tienes contigo misma”. Eso dijo Carrie Bradshaw en uno de los capítulos de Sex & The City. Parece mentira que una serie sobre sexo en la ciudad que dicen la más excitante del mundo, te remite, al fin y al cabo a la importancia de la más fuerte arma con la cual puede contar una mujer (o un hombre): su autoestima.
Con mi ego así de grande como es a veces me pregunto por qué uno mismo no puede ser la persona que uno más admira o más ama en el mundo y no sólo eso, ¿por qué a veces no somos capaces de defender a ésa persona frente a los ataques del exterior?. ¿Por qué la gente pasa toda la vida buscando consejos para su relación con los otros y ni un minuto cuidando a ese único ser que con seguridad nos acompañará hasta la tumba: uno mismo?
Por el contrario, pasamos demasiado tiempo castigándonos a nosotras mismas. Y digo “a nosotras” porque me refiero, especialmente, a nosotras las mujeres, y sobretodo, a las mujeres de este valle de lágrimas llamado Caracas. Aún y cuando somos uno de los países del mundo que más gasta en ropa y cosmética, con demasiada frecuencia se escuchan por ahí “es que estoy demasiado gorda”, “ningún hombre se enseria conmigo”, “tengo las nalgas muy pequeñas, los senos caídos, las piernas muy cortas”, “si yo tuviera el pelo de ella” o “por qué esto me tiene que estar pasando a mi”. Y lo insólito, es que muchas de esas frases se escuchan salir de las bocas de mujeres, que otras creemos –erróneamente- con una vida perfecta.
Muchas de las que estén leyendo, dirán que no es cierto que ellas no cuiden a su propio yo. ¿Cómo que no, si a diario hacen dietas, ejercicios, invierten para aplicarse las mejores cremas, toman antioxidantes y consumen los reglamentarios ocho vasos de agua? Acaso, estar al tanto de los últimos avances en tecnología para retrasar la vejez, las últimas investigaciones sobre el cáncer, la osteoporosis, las enfermedades cardiovasculares, y asistir regularmente a los chequeos médicos de rigor, ¿no es suficiente para cuidar al ser que es uno mismo?
Pero la verdad es que continuamente, nos estamos haciendo mucho, mucho daño. Uno de los casos que a mi juicio son más crueles, es cuando nos comparamos unas con otras de manera injusta, sin tomar en cuenta que respondemos a genéticas, condiciones sociales, orígenes y necesidades fisiológicas y emocionales muy distintas entre unas y otras. Lo hacemos entre nosotras, bien sea entre amigas, o con patrones de belleza, modelos, actrices, familiares, y también, repetidamente y de manera aún más insultante, comparamos a otras mujeres unas con otras.
Voy a poner un ejemplo que marcó para mi, un antes y un después en cuanto al concepto que tenía de la mujer venezolana promedio. Una tarde, mi amiga Karla y yo recorríamos un pasillo de puestitos de ropa en Chacaíto, buscando comprarnos un par de camisitas nuevas.
Nos paramos en uno de los puestos, y como suele pasar una que otra vez, nos gustó exactamente la misma camisa. Era ajustada y tenía un pronunciado escote en el busto. Karla, que es morena, alta casi como de uno setenta y tiene unas nalgas inmensas pero poco de busto, se la probó primero. La sentencia de la vendedora fue radical: ésa camisa no era para ella.
Luego me la probé yo, y entonces sí obtuve la aprobación de la crítica buhonera y de Karla, quien como se hace entre las buenas amigas, reconoció que yo sí tenía tetas con qué llenar el trapito. Estaba tácito que yo si tenía algo que ella no, y ni siquiera había que decirlo, así como yo tampoco hablo de la fortuna que tiene Karla de comer dulces en buenas cantidades sin desarrollar celulitis.
Pero la vendedora convirtió ésa en la camisita de la discordia. “¿Cómo es eso de que tu amiga tiene tremendas lolas y tú no? ¿Qué estás esperando para operarte, amiga?”. A eso le siguió un estridente discurso sobre la importancia de tener unas tetas grandes, la prioridad que eso representaba para ella desde que se dio cuenta de que todas las buhoneras de la cuadra se las habían operado, y cómo se las estaba arreglando para reinvertir el capital inicialmente destinado a la importación de bluyines de Brasil en sus tan anheladas prótesis de silicón.
Como es normal, ambas nos sentimos atropelladas con el discurso, y por supuesto, meditamos un momento sobre la posibilidad de que realmente nos estuviéramos quedando atrás como mujeres, ante las tan avanzadas buhoneras. Claro que nuestro esquema de prioridades se impuso y nos excusamos argumentando que ambas primero queríamos comprarnos un carro de agencia, estudiar un postgrado y hacer el viaje por Europa que tanto soñamos.
Ahora me pregunto quién le habrá dado a ésa vendedora insolente el derecho de compararnos. Y no porque me ofenda ser comparada con mi amiga, con quien me unen metas y un esquema de prioridades similares: ambas queremos lograr una vida profesional exitosa, valoramos los estudios por encima de todo, deseamos algún tener hijos, casa, carro, y un buen esposo, pero nos encanta mientras tanto, gastarnos algún dinero que nos sobra en zapatos, zarcillos y otras chucherías. Me molestó porque es injusto, muy injusto poner nuestros egos en una balanza a merced de la medida de nuestros sostenes.
Lo que ésa atrevida no sabe y no tomó en cuenta en el momento de la comparación, es cuánto hemos atravesado ambas hoy en día para ser lo que somos. Por ejemplo, no tiene idea de que las lolas que yo hoy exhibo con orgullo fueron alguna vez más grandes y más caídas y que hace doce años las sometí al bisturí por la burla, la vergüenza y la escoliosis que me producían. Que en mi adolescencia decidí que no quería ser “Gabriela Agudo, la de las tetas más grandes del colegio San José de Tarbes”.
Que aún así volvieron a crecer y seguí siendo por mucho tiempo la más pechugona de mis amigas hasta que pude desarrollar una autoestima y una personalidad lo suficientemente sólidas como para que el tamaño de mis nalgas, de mi estómago, o de mis senos, se convirtiera en parte las cosas a mejorar y no en un obstáculo para establecer relaciones sanas y valorarme como persona.
Tampoco sabe que Karla fue criada en un hogar donde poco importó que las niñas fueran a un liceo de Catia y no al colegio más caro de Caracas. Donde a fuerza de trabajo su madre las mandó a ella y a su hermana a estudiar las carreras más exigentes mientras ella se graduaba de enfermera y se convirtieran en Licenciada en Comunicación Social y Odontóloga, respectivamente. Donde tener tetas o no tenerlas no era, precisamente, uno de sus más grandes dilemas.
No tiene idea de que mientras ella está desviando la inversión de su puestico para comprar silicona, Karla ahorra para comprar el apartamento que tanto han deseado, y retribuirle a su madre un poco del sacrificio que ha hecho por ella y por su hermana. Y todo eso, con el resultado de 4 años al frente de una asesoría comunicacional que probablemente no la tomaría tan en serio, si se convirtiera en la voluptuosa morena de desbordado escote y trasero gigante y no en la ejecutiva seria y discreta que es hoy en día.
Claro que obviamente, el esquema de valores de la vendedora en cuestión es radicalmente diferente al mío, y al de mi amiga, y que tampoco, tendría por qué conocer las historias de cada una de sus clientas. Evidentemente, ella cree que tener senos más grandes la ayudará a ganar el valor que ella misma no se adjudica, que la hará cotizarse más caro, aún y cuando su puestico de ropa no le esté dando mayores ganancias.
Lo triste es, que ésa mujer, que probablemente apenas terminó el bachillerato, es el reflejo de millones de venezolanas de todos los estratos sociales, que sacrifican el bienestar en otras áreas de su vida o compensan la soledad y la insatisfacción personal llenando sus pechos con cada vez más centímetros cúbicos de silicón. Que no se preguntan si ésas pechugas inmensas les van acordes o no con su personalidad, con su fisonomía; si como cuando te haces un tatuaje, no serán un capricho pasajero con el que luego tendrán que convivir hasta poder pagarse otra cirugía que ni siquiera les garantiza que sus pechos volverán a ser los mismos.
¿Qué sabe ella si a Karla le hacen sentir bien sus senos pequeños o si a mí me hacen más feliz los míos más grandes?
De comparaciones injustas como ésta es a las cuales me refiero, cuando digo que las mujeres continuamente nos flagelamos por no parecernos a éste u otro modelo o patrón de belleza, sin tomar en cuenta de que cada una de nosotras tiene estilos de vida, anatomías, deseos, aspiraciones, prioridades muy pero muy distintas. Nos comparamos con otras indiscriminadamente sin preguntarnos si lo que ésas otras tienen, nos quedaría bien a nosotras.
Eso, es lo que yo llamo la camisa de la discordia. Está claro que a la mayoría de los hombres les gustan unas lolas grandes, pero no a todas las mujeres ésas lolas les quedan perfectas.
He visto de todo en cuanto a silicón se refiere. Hace un par de semanas vi a una niña que no tendrá más de 20 años y 1, 50 de altura, que parecía flotar en el recinto gracias a su par de lolas de no menos de copa 38 DD. Le quedaban terribles, aunque su novio -como de 18- parecía babearse con las prótesis.
Conozco un par de modelos delgadísimas que se operarnos una primera vez y luego una segunda vez, y quizás una tercera, para ponerse cada vez más porque nunca era suficiente. También sé de un caso cuyo cuerpo rechazó las prótesis y se infectaron y tuvieron que ser extraídas, y la víctima tuvo que conformarse con un par de pellejos que le quedaron, mucho más descontenta que antes de haberse operado.
Todo porque se comparan con otras, fuera de contexto y en dichas comparaciones siempre salen perdiendo. Porque no valoran por encima de todo lo que han llegado a ser hoy en día y no imponen su personalidad y sus virtudes, por encima de prejuicios estúpidos que las obligan a ser como un rebaño de mujeres con las mismas tetas, pero sin opiniones propias.
Y ¿qué pasará cuando todas absolutamente logren tener tetas? Que entonces desearán tener trasero, y comenzarán a operarse como locas porque todas tienen que tenerlo, y luego vendrás las pantorrillas, o los cachetes o qué se yo que parte del cuerpo. Se seguirá imponiendo la camisa o el pantalón o la cara de la discordia, pero nunca estarán contentas con lo que son ellas mismas.
¿Acaso pasamos la vida construyendo una personalidad para luego destruirla a fuerza de uniformar nuestras anatomías y por lo tanto nuestros anhelos, nuestras metas? ¿Qué pasó con aquel buen consejo de la adolescencia, ése que decía que trataras siempre de ser tú misma?
Comparaciones como la de nuestra insolente buhonera –aunque ingenuas al principio- no tienen sentido alguno, pero suceden a diario en este “país de bellas”. ¿No sería bueno que aprendiéramos a callar al próximo o a la próxima que ose compararnos, basándose en alguna carencia –o exceso- de nuestra anatomía?.
Karla, por ejemplo, es una mujer fuerte, responsable, íntegra, admirable en sentidos en los que quizás yo no lo soy. Pero yo, tengo un sentido del humor y una osadía que muchas de mis amigas admiran. Y no nos estamos recordando continuamente de lo que nos falta y nos sobra a unas y a otras.
Porque después de todo, aunque a ella le falten tetas y yo no tenga un trasero tan atractivo, estamos contentas con ésa personita que somos nosotras mismas y queremos a la chica que vemos cada mañana frente al espejo, con todo y sus muchas imperfecciones. Ésa es nuestra relación más importante, sin camisas de la discordia y sin ningún tipo de comparación flagelante permitida.

Gabriela Agudo Adriani
(8/10/2006)

1 comentario:

Memo dijo...

uuuuy me encanto este, Karlita es muy de pinga y tu tambien y deja que todas se pongan lo que quieran a la final cuando las hormonas atardecen y los platanos se maduran lo mas importante es una buena conversa, la cerveza fria y que sepan decir buenos chistes, ademas me encantan Courtney Cox, Heather Locklear, Uma Thurman, Elizabeth Hurley, Heidi Klum, amo a Keyra Knightley, Elle Mcpherson, Eva longoria, Pau, y Teri Hatcher niguna de ellas tetosamente conocidas y puedo seguir nombrando tngo una lista completa pero termino con esto las tetas que no sepan echar chistes y conversar son como un anzuelo sin lombriz. Un beso a las 2