
Mi hada madrina
Por Gabriela Agudo Adriani / gabagudo@gmail.com
Me confieso una absoluta inútil en cuanto a tareas del hogar se refiere. Mis competencias en ese terreno se limitan a preparar una que otra cosita sencilla (para las cuales doy gracias a Dios que me dotó de buena sazón) y lavar los platos tras haber desordenado media cocina. Hasta ahí llego yo y el que aspire una señora Fuller o una Martha Stewart lo tiene bien advertidito de antemano que se equivocó –equivocadísimo- conmigo.
No hay tarea que me aterre más que la idea de planchar una camisa. Soy una amenaza doméstica en potencia con ese artefacto que llaman plancha en mano. La última vez que lo intenté le hice un hueco inmenso a una camisa recién compradita. Y pensar en lavar los baños es una suerte de labor titánica con la que puedo hasta tener pesadillas, pensando en todos los gérmenes y bacterias que me puedo conseguir en ese recinto sin dominar yo las estrategias para poder luchar contra ellos.
Soy malísima hasta tendiendo las camas, no manejo bien el coleto, se me parten los vidrios cuando intento limpiarlos, me resbalo con la cera en el piso. Me limito a meter la ropa en la lavadora y a sacarla directo a la secadora o al tendedero. Pero eso sí, desde que me separé del nido familiar, me he dado cuenta de que no aguanto más de tres días en una casa que no esté aceptablemente limpia.
Porque estoy tan consciente de mis limitaciones de fémina, es que me preocupo porque no me falte cada semana el pago de la señora que muy gentilmente, viene los martes a hacerle a mi hogar los cariñitos que yo por inútil –o por floja-yo no puedo hacerle. Esa especie de hada madrina que pasa por aquí y en menos de 6 horas me hace sentir en el Palacio de Buckingham, aunque me hubiera levantado jurando que vivía en una pocilga.
Esa que sabe tan magistralmente como dejar los baños relucientes, como sacudir bien las cortinas, como dejar pulidito el piso y como buscarle un puesto adecuado a cada cosa que parece estar mal parada en la cocina. Que además, siempre sabe dónde encontrar esa pieza de ropa que yo no ubico, como hacer que ninguna media se quede sin su par, y para qué sirve cada uno de los potes de detergente que están en el lavandero.
A esa que extraño más que a mi propia familia cada vez que se toma las merecidas vacaciones decembrinas y me deja a mí y a mi casa desoladas y tristes hasta que llega el momento de reincorporarse al trabajo en enero. Esa que si por alguna circunstancia tiene que faltar una semana o más me pone al borde del suicidio. Como pasó para el momento en que escribí este artículo y decidí que alguien tenía que decir en público cuán importantes son estas hadas madrinas domésticas en nuestras vidas.
Sé que no estoy sola y que no soy la única inútil del hogar que vive por estos lares. No soy la única venezolana que depende de una de estas señoras maravillosas para hacer de su casa un lugar relativamente vivible ¿verdad? No en vano se escuchan a menudos comentarios de oficina sobre lo difícil que es conseguir una de ellas realmente eficiente, confiable y trabajadora.
Pero cuando por fin se encuentra una buena y se logra conservarla una no puede menos que agradecer la posibilidad de dejar su casa, su lar, su sagrado recinto, en manos de alguien que trabaja para la salud, el bienestar y la paz mental de una y de su familia. Sin duda, una verdadera hada madrina.
A más de una de mis coetáneas he oído decir que las abandonó la muchacha de servicio con más tristeza y desesperación que si las hubiera dejado el marido; a otras he oído rezar porque no se les case, no se les muera nunca o no se les enfermen los hijos. Claro que esa es una tragedia que sólo puede generar solidaridad entre mujeres, porque casi ningún hombre puede entender que siendo féminas, algunas podamos ser incapaces de valernos en casa por nosotras mismas.
Pues sí, algunas lo somos. No siempre barrer y coletear la casa es algo que viene en nuestra información genética. A algunas simplemente no se les da la cocina. Aunque otras tomemos la decisión de vivir solas no quiere decir que podamos llevar una casa con dignidad y limpieza sin ayuda. Para algunas hasta lavar los platos es una tarea que nos cuesta un tremendo sacrificio.
A otras mujeres privilegiadas en cambio he escuchado hablar de la señora que ha pasado de generación en generación como el más valioso tesoro de la familia, y enorgullecerse de sus guisos, de lo asertiva que es con las manías de los niños, de ellas mismas o del marido. A quienes tienen la suerte de haber tenido en sus casas una de ellas a veces hasta conservan por muchísimo tiempo el vínculo, y apadrinan a sus hijos y les dan trabajo a sus familiares y se convierten en grandes amigas.
Así es que es que para aquellas que tenemos una de estas amigas creo yo que es tiempo de agradecer la posibilidad de vivir en un país donde la inmigración nos favoreció con una gran cantidad de mujeres deseosas de limpiar nuestras casas y cocinarle a nuestros hijos. Bendecir que nuestros trabajos nos permitan pagarlas y mantenerlas y que podamos confiar en ellas. Aplaudir que tras sus vacaciones decembrinas vuelvan cada año a casa para sacarnos del caos en el que estábamos sumidas.
Es que nadie puede entender mejor las limitaciones de una y cubrir sus fallas como gran confidente; nadie puede compartir con una tan grande penuria como es querer vivir en una casa limpia, sin poder lograrla por una misma. Y no hay nada más sabroso que llegar a casa después de un duro día de trabajo y ver tu sueño doméstico realizado sin tener que mover un dedo, así, como si por ahí hubiera pasado intempestivamente tu hada madrina.
MI VENUS PERSONAL (publicado en OC Magazine No.11)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario