"La más retadora y significativa relación es la que tienes contigo misma. Y si encuentras a alguien que pueda amar a esa tú que tú amas...eso, es realmente FABULOSO" Carrie Bradshaw

domingo, junio 14, 2009


Todo sobre mi padre

 

Por Gabriela Agudo Adriani / gabagudo@gmail.com

 

“desde chico, me prometí a mi mismo que mi hijo sí  sabría quién era su padre”

El personaje de Will Smith en ‘La Búsqueda de la Felicidad’

 

Hoy comenzaré hablando de mi padre, a propósito de un artículo y una película que encontré por ahí y que me puso a pensar en el papel que esos señores tienen en nuestras vidas.

 

El papá que yo tuve fue uno que nos confió sus sufrimientos en el liceo militar, sus pesadillas repetidas, su padecimiento con la matemática, entre otras de sus anécdotas de vida. Uno que no me dejó usar sostén hasta los 12 años porque sencillamente no le daba la gana de aceptar que yo estaba creciendo más rápido de lo que él creía.

 

Uno que durante 11 años dedicó sus horas libres después de su consulta vespertina para llevarme religiosamente a las clases de natación, de donde salía con los pies y la espalda todavía húmedos (mal secados decía mi mamá), y el traje de baño amuñuñado en el morral, porque ni modo que un papá se metiera al baño de las niñas a vestirme.

 

Uno que agnóstico y todo, me llevó durante todo el segundo grado a la misa del domingo para que el lunes pudiera repetir la homilía a la hermana Elizabeth, y se caló el sermón completico desde el último banco de la Iglesia para que yo –fiel alumna del Colegio San José de Tarbes- no me diera cuenta de que se le había olvidado hasta cómo hacerse la señal de la cruz.

 

Más o menos ése fue el papá que me tocó. Asumo que mientras yo descubría el mundo y a mí misma, ese señor iba aprendiendo bajo el método del ensayo y error las implicaciones de ser papá primerizo casi a los 40. Sospecho que hubo momentos en los que no le fue fácil enfrentarse a una muchachita con un carácter como el mío, pero no desistió en la tarea, y aún permanece ahí para sacarnos las patas del barro en cualquier situación difícil, aunque acudir a él a veces implique algo equivalente al materno “te lo dije”. 

 

Y es que me atrevo a asegurar que aprendió como aprendieron la mayoría de los papás de nuestra época, “a los trancazos”, porque contrario a lo que sucede en el mundo femenino, yo nunca he visto un papá que llame al suyo para que le diga qué hacer cuando los niños preguntan tal o cual cosa, o cuando los bebés se despiertan a media noche y su consorte todavía esté dormida.

 

Yo no he sabido de ‘baby showers’ para hombres, en los que los ya experimentados den consejos a los que están por serlo. De hecho, que yo sepa en la mayoría de esas fiestas son mal recibidos los hombres por las mamás actuales y las futuras. ¡Hasta existen muy pocos libros que le expliquen al hombre cómo cumplir mejor esa tarea!

 

De modo que es lógico pensar que ellos se enfrentan a la paternidad con una orientación inexistente o casi nula. Además de carecer, los pobres, de la intuición inherente al género femenino, ésa que se supone nos otorga la Madre Naturaleza, desde el mismo momento en que adquirimos la capacidad de concebir.

 

Y para más colmo, ellos con un montón de convenciones sociales y exigencias a cuestas que les demandan ser tiernos pero no sensibleros, masculinos pero no machistas, fuertes pero no agresivos, figuras de autoridad pero no autoritarios, proveedores pero también consejeros, respetable ejemplo moral y ciudadano, entre otras muchas.

 

Así es que a uno le toca decir cuando llega por ahí a los 30 y se le acerca la hora de hacer su propia familia, pues “ése fue el papá que me tocó, y cuarentón, primerizo,  torpe y sin nada de orientación, nada mal lo hizo”. Oportunidad y suerte que le agradezco a la vida –aunque conste que no le quito mérito a mi mamá por su buena elección- pues no sé sin son tantos los que pueden decir algo parecido o si son más quienes no tienen el privilegio de haber conocido todo sobre su padre con los errores y las virtudes y las torpezas de cada uno.

 

Dicho balance me ha llevado a analizar cómo, cuándo y con quién quisiera yo tener un hijo. Porque más allá del derecho a mi propia realización femenina, me parece importante pensar en los derechos de ése hijo y también en los del hipotético padre, que capaz y a mi me gustará mucho pero pudiera ser igual o más torpe que el que yo tuve o tener tantos o más defectos que cualquier otro.

 

Lo curioso es que en ésa planificación mental, siempre ha quedado clara en mis expectativas la idea de que los hijos no se tienen solos, –preferiblemente- se tienen con compañía. Y no estoy haciendo un manifiesto contra las madres solteras, ni contra las familias monoparentales, por decisión propia o por una jugada del destino. Nada más lejos de eso. Los aplaudo y los celebro por su valentía.

 

Lo que no celebro es que uno decida por un hijo que ni siquiera ha nacido que no habrá sino uno para cubrir sus necesidades y más nadie. Que le tendrá que alcanzar y bastar porque sí con uno sólo de sus progenitores. Que la historia de su padre no merece la pena ser contada ni conocida por él. Y mucho menos que la madre descalifique como ejemplo a ése hombre que mal que bien hace el esfuercito de sacarlos a pasear en su días de visita si hay custodia compartida, sin que nadie en este mundo le haya dicho cómo enfrentarse a esa tarea.

 

Me parece a mí que sí he tenido uno, que el padre es una figura necesaria no ya para pagar el colegio, cosa que se supone que muchas de nosotros podemos hacer solitas si somos independientes y exitosas en el ámbito financiero, sino para que uno sepa de dónde viene, por qué tiene los defectos que tiene, qué es lo que quiere en el futuro, y que existe en casa una contraparte a la natural e instintiva pseudo-perfección de la figura materna. Para que le enseñe cómo se usa un taladro y lo deje ensuciarse con gusto. Para que se vista de San Nicolás en diciembre. Para verse en ese espejo y aprender de él y con él. 

 

Así es que sirvan estas líneas de aplauso para aquellos que han decidido que ahora o en el futuro, estarán ahí y les contarán a sus hijos todo sobre ellos mismos. Y también para aquellas madres, presentes o futuras, que escogerán a algunos de ellos y los dejarán estar allí con sus buenas decisiones, sus torpezas y sus desaciertos.

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