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La historia de Rosa y el mito del “buen partido”
Por Gabriela Agudo Adriani / gabagudo@gmail.com
“A todas nos gusta que todo sea maravilloso (…) Lo malo es que el ego desea encontrarse a gusto, pero el ansía de lo paradisíaco, combinada con la ingenuidad, no nos permite alcanzar la satisfacción sino que nos convierte en alimento del depredador”.
Clarissa Pínkola Estés en Mujeres que corren con los lobos
Rosa estaba deslumbrada por lo que le prometía su relación con Pedro, un tipo bello y encantador: cenas costosas, un carro más caro que los de todos sus anteriores novios, rosas, chocolates y regalos iban y venían, una situación económica muy estable, y claro, su mayor ilusión, la de un pronto matrimonio por todo lo alto. Pero todo pareció derrumbarse cuando, una noche, en medio de una discusión, Pedro la insultó fuertemente.
Ella intentó dejarlo pero él envió otro ramo de flores y le juró arrepentimiento. Ella le dio otra oportunidad. En una segunda discusión, el la tomó por los hombros y la empujó contra una pared. Esta vez, Rosa, aconsejada por sus confidentes, sí lo dejó, pero no sin antes recibir terribles amenazas contra su familia y sus amigos, y semanas de acoso y persecución.
La situación que vivió Rosa (personaje real, pero cuyo verdadero nombre me reservo) no es ajena ni extraña a nuestra sociedad de hoy. Algo parecido es lo que le ha tocado vivir a chicas que precisamente, deslumbradas por una aparente caballerosidad -que no se suele encontrar con frecuencia en estos días- se dejan arrastrar hacia una relación dañina de la que no siempre encuentran salida.
Así como empezó la relación de Rosa, se inician muchas relaciones que terminan sumándose a los casos de violencia intrafamiliar, en donde la mujer suele ser la víctima principal. En el mundo, según la Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, cada 18 segundos, una mujer es maltratada dentro de su relación “amorosa” (¡sí! cada 18 escasísimos segundos). De ellas, reporta la OMS, tan sólo un 5% se atreve a denunciarlo.
Y una se pregunta, ¿cómo es posible? En esta era post-movimientos feministas, con la independencia económica y hasta familiar que hemos conquistado, cuando el divorcio se ha convertido en cosa de todos los días y a menudo se oye a X cantidad mujeres cercanas decir “que ellas se las arreglan solas”; ¿cómo es posible que muchas de nosotras podamos convertirnos un día en parte de las estadísticas o de las crónicas rojas de los periódicos?
Quizás existan muchas explicaciones cuyas raíces estén en la historia de la condición femenina a través de los tiempos, de las religiones, de la mitología, o del pecado de Eva. Pero yo me atrevo a pensar que el exponernos a muchas de esas situaciones hoy en día, es provocado por lo que yo llamo el mito del “(escaso) buen partido”.
Todas hemos escuchado con frecuencia eso de que los “buenos partidos” hoy están escasos. Y eso, puede que sea absolutamente cierto. Si la definición de “buen partido” obedece, como creo, al hombre que viene a ofrecerte una casa segura, una situación económica estable, flores cada aniversario y cumpleaños, un carro del año, un futuro perfecto para tus hijos, la avenencia de tus padres y toda tu familia, viajes de todo lujo a Europa, y la clásica promesa de convertirte en una princesa, es absolutamente seguro que de que están muy, pero muy escasos.
Basta saberlo para pensar que cuando un hombre con esas características se aparece al paso, sencillamente hay que atraparlo y no dejarlo ir.
Bueno, eso fue precisamente lo que pensó Rosa cuando conoció a Pedro. Y eso, seguramente, fue lo que le dijeron muchas de las mujeres a su alrededor. Así que Rosa se dejó conquistar y se prometió no dejar pasar esa oportunidad. Pasado el primer insulto, ella pensó que siendo un “buen partido” el no podía llegar a más, o tal vez, aún peor, que era ella quien merecía esa agresión.
Pero muy en el fondo, probablemente, la intuición femenina de Rosa, o de alguna de sus amigas, o quizás de sus hermanas o su madre, les hacía pensar que algo, en aquel aparente “buen partido” no estaba bien. Pero tristemente, unas flores, unos chocolates, una galantería falsa, a veces pueden comprar el silencio de la intuición femenina. Después de todo, no se puede condenar a nadie por tan sólo una corazonada.
Como dice Clarissa Pínkola, el empeño por satisfacer el ego, por sentirnos halagadas, por convertirnos en la princesa del cuento, nos lleva a tener que pagar un alto precio. Para algunas el precio de una autoestima mellada, para otras un matrimonio infeliz y con él años de tortura, y para otras tantas, ésas de las crónicas rojas, hasta la vida propia.
Ciertamente, los verdaderos “buenos partidos” no sólo están escasos sino que ya muy pocos existen. Algunos –al menos en occidente- se acabaron con las declives económicas del último siglo (en especial en este país) y otros, se dejaron arrastrar por los cambios sociales y culturales que impulsó el feminismo. No quiero decir con ello, que la caballerosidad y la galantería –cualidades que aprecio fervientemente- ya no existan. Cómo no, claro que aún existen los caballeros, pero no siempre vienen acompañados por su corcel, por una chequera gorda o por una camioneta último modelo.
Pero como con todo lo que se pinta de perfecto, cuando un hombre parece demasiado bueno para ser verdad, muy seguramente, lo es. Cuando la intuición de una mujer le da una luz roja ante un aparente príncipe azul, es porque algo subyace en el fondo de su corazón, y no habrá intención de dejarse conquistar o aprovechar ese “buen partido” que le permita en adelante sentirse plena y feliz.
Así es que con respecto a la clásica definición del “buen partido” algo tendremos que cambiar. Quizás su significado en nuestro entorno social. Quizás, el engañoso atractivo que genera. O quizás, lo que tengamos que cambiar sean nuestras expectativas como mujeres; pensar que antes de esperar que un disfraz de hombre perfecto venga a “hacernos felices”, primero tenemos que labrarnos nuestra propia autoestima y seguridad personal.
Tal vez, tendríamos que empezar a aspirar a un perfil muy diferente de hombre. Seguramente, Rosa y muchas otras mujeres que han vivido situaciones similares a la de ella, nos podrían demostrar que el mito del “buen partido” bien podría ser sustituido por una realidad radicalmente opuesta: la del “buen hombre” a la medida de nuestras necesidades emocionales más íntimas y nuestras metas personales y no a la orden de una desgastada y dañina y tonta convención social.
PIQUE NIQUE
Hace 11 años.
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