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viernes, febrero 08, 2008

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MI VENUS PERSONAL

Un sólo deseo de Año Nuevo

Por Gabriela Agudo Adriani / gabagudo@gmail.com

Como cada año, se acerca la Navidad y uno comienza a hacer su larga lista de deseos y propósitos para el Año Nuevo. Bien sea en la ceremonia del Espíritu de la Navidad , en la Misa de Gallo, durante el Día de Reyes o con las doce campanadas del 31 de diciembre, siempre hay un grupo de peticiones que hacerle a quien quiera que sea el ser supremo que ejecuta los designios que rigen nuestras frágiles vidas.
Desear es parte de nuestras tradiciones; está casi tan arraigada en nuestro gentilicio como el estreno del 24, como la hallaca, como las agitadas compras decembrinas. La noche del Año Nuevo a menudo deseamos y pedimos tanto, que al final, entre las 12 uvas, la carrera con la maleta, los 7 –o ¿son doce?-saltos sobre la silla, las lentejas y el arroz, que cuando llega la fecha siguiente ya ni siquiera sabemos lo que queremos en nuestras vidas.
“Abundancia” es precisamente una de nuestras peticiones favoritas. Ésa, entre otras muchas, porque a quién se le ocurriría pensar en tener tan sólo uno o dos deseos cuando el Nacimiento del Niño Dios y el fin de una temporada son las ocasiones perfectas para pedir, pedir y pedir sin cansancio ni medida.
Hace un año, cuando por circunstancias infortunadas, tuve que recibir “el cañonazo” por primera vez lejos de los míos, sin burbujas de champaña, sin un gentío a quien abrazar ni tiempo de haber comprado las uvas, comencé a reflexionar sobre el significado de esa abundancia que tanto solicitamos año tras año.
Sin duda la abundancia nos fascina. Si no, basta ver los centros comerciales abarrotados cuando llega la temporada decembrina y el consumismo local alcanza niveles –paradójicamente- directamente proporcionales a los de los índices inflacionarios.
La hallaca, nuestro plato típico, con sus pasitas, sus aceitunas, su guiso híbrido y sus mil y un adornos, no es más que un símbolo de esa abundancia que tanto anhelamos. Los abundantes fuegos artificiales, sobretodo en Caracas y otras grandes ciudades, no son más que una manifestación de ese gusto por lo grande, lo sonoro, lo escandaloso, lo abundante. Y las comilonas ¡ni se diga!
Son pocos los venezolanos que prefieren recibir el Año Nuevo de otra manera que no sea entre el gozo de la abundancia. Porque a menudo, solemos pensar que de otra forma es un símbolo de mal augurio.
Yo, el año pasado, tuve la oportunidad de percibir el valor de no tenerlo todo servido en la mesa. Me di cuenta de que durante décadas, la explosión consecutiva de los cohetes, los gritos de Feliz Año, la competencia por llevar a cabo al mismo tiempo los rituales de las uvas, el arroz y las maletas, no me dejaban chance para escuchar siquiera lo que quería mi corazón.
Vi que había hecho tantas cartas de peticiones y que me había propuesto tantas pero tantas cosas que no había cumplido, que esa abundancia que yo también solicitaba nunca llegaba del todo porque siempre, como todo ser humano, se espera y se desea tener más. Que me había dedicado, como muchos, a ejecutar rituales a medias, a la carrera y a veces, sin un verdadero sentido de compromiso con la tradición.
En los once meses siguientes, he tenido tiempo suficiente para pensar en qué es lo que quiero para esta Navidad. Y aún luchando con mi indecisión típica de Libra, creo que tengo el deseo único que voy a poner bajo mi árbol este año, y se trata de un concepto totalmente opuesto a la Abundancia: la Selectividad.
¿Y por qué selectividad? Pues porque creo que nos desgastamos tanto en el “quiero esto, quiero aquello, quiero lo otro, quiero, quiero, quiero…” que nos olvidamos de determinar que es el que NO queremos. En especial, las mujeres venezolanas, casi siempre las líderes, artífices y almas de nuestras opíparas fiestas de Navidad y Año Nuevo.
Quiero dejar de fumar, quiero bajar diez kilos, quiero ser mejor madre, quiero curar el cáncer, quiero alimentar a los pobres, quiero acabar con las guerras, quiero hacer más ejercicio, quiero encontrar pareja nueva, quiero ascender en la empresa, quiero comprar carro del año, quiero viajar, quiero hacer un postgrado afuera, quiero, quiero, quiero… y el arroz, y las maletas y las uvas y las lentejas…
Cañonazo tras cañonazo repetimos fervorosamente nuestra lista de peticiones y a veces ni siquiera podemos recordar todo lo que pedimos. Pero otras, no tenemos ni la menor idea de a qué porvenir debemos cerrarle la puerta.
¿No sería más fácil y más sensato, acaso, saber qué es lo que no nos interesa y lo que no nos conviene y pedirle al año entrante que se lo lleve bien lejos de nuestras vidas? A mí, en particular, me suena mucho más atractivo, por lo que he decidido que ese sea mi regalo para el 2008: aprender a ser mucho más selectiva.
Y eso implica muchos beneficios que sé serán mejores que la abundancia que otras veces tanto he pedido, pero que a la vez, son mucho más concretos; por ejemplo, alejar de mí todo lo que es nocivo y adictivo (hombres dañinos, dulces, cigarrillos), usar las tarjetas de crédito con más prudencia, ser “selectiva” con el menú de un restaurante, aprender a organizarme para cumplir con mis labores de oficina, escoger mejor en lo que gasto…
¿Les quedó claro? Niño Jesús, Reyes Magos, Espíritu de la Navidad, Estrella de Oriente o quien quiera que sea el que reparte los paquetes… Selectividad: ése es mi único deseo de Año Nuevo.

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