"La más retadora y significativa relación es la que tienes contigo misma. Y si encuentras a alguien que pueda amar a esa tú que tú amas...eso, es realmente FABULOSO" Carrie Bradshaw

lunes, agosto 01, 2011

La misma historia de siempre

“Qué trabajo te cuesta ser original,
hacer una locura y soñar". Luis Enrique, cantante

No somos precisamente una sociedad que abrace las diferencias en los gustos o en el comportamiento. En este país, romper paradigmas no es cosa aplaudida, por lo menos no hasta la fecha.
Es que nadie nos da permiso de ser originales hasta muy tarde en la vida. Apenas cuando somos niños en pleno desarrollo de la motricidad fina, nos imponen tareas idénticas en las clases de educación artística, como si acaso no fuera una tremenda ironía llamar ‘arte’ a la elaboración de portalápices idénticos a los de tus otros 30 compañeros de colegio. Desde entonces también nos uniforman sin derecho a pataleos -ni ganchitos de colores distintos para el cabello- nada de eso; en cambio pasamos 14 largos años luciendo como los perfectos borreguitos del rebaño del instituto “Fulano de tal” y quien se rebela contra eso es calificado de oveja negra.
Después de esos años de frenesí creativo y evolución que para algunos en la adolescencia y la juventud temprana, ya fuera del colegio, pareciera que la lucha contra la posibilidad de ser uno más del montón apenas ha comenzado. Nos esforzamos por sobresalir en el trabajo, por hacer actividades ‘diferentes’ con la pareja, por celebrar los cumpleaños de una manera distinta, por salir de la rutina familiar y hasta por lograr –con muy poco éxito casi siempre- una boda memorable, única en su estilo.
En este último punto me detendré. Es que a mi modo de ver es ése, el ritual de unión de las parejas, en donde se evidencia lo poco dados que somos los venezolanos a romper paradigmas en muchos sentidos. Las bodas son el perfecto caldo de cultivo para las críticas más despiadadas acerca de la organización, el vestido de la novia y del cortejo, la comida servida, la forma de bailar de nuestros parientes, el actual estado civil de amigos y conocidos, y otro montón de aspectos susceptibles de crítica. Lo que para algunos pocos es un momento para compartir la alegría, para muchos otros es el chance de condenar las cosas que no fueron hechas como ellos lo hubieran hecho, o lo hubieran querido. De modo que, la mayoría de los anfitriones prefieren irse por lo seguro; mientras más convencional sea el evento, menos cabida habrá para el descontento.
Me parece tristemente contradictorio que lo que algunas califican como “el día más importante de su vida” termine siendo igual a la boda de cualquiera de sus amigas de la Universidad o del colegio. O que lo único que diferencia unas fotos de las otras sea el color del vestido del cortejo. La mayoría de las novias venezolanas invierten mucho tiempo averiguando qué es lo que está de moda y lo que han hecho sus conocidas, y muy poco decidiendo con su pareja –que por cierto también es un elemento importante de la fiesta-, qué es lo que se parece a ellos, dos, juntos. 
Lo gracioso es que casarse se ha convertido en un negocio con el que muchos hacen dinero a costillas de lo que alguna vez fue sinónimo de originalidad, y hace mucho tiempo –sí, entérense- que NO lo es: las fuentes de chocolate, los sombreros de la “Hora Loca”, los predecibles sets musicales de la misma “Hora Loca” (es más, la existencia de la Hora Loca), los carros de llegada para las novias, y las cursis sesiones de fotopose en las que casi siempre el novio se siente incómodo y fuera de lugar, entre otras cosas.
Es por eso que, a mi parecer, con contadas excepciones, acudir a una boda en Venezuela es como que a uno le cuenten la misma historia de siempre y le inviten a una exposición de portalapices casi idénticos elaborados en la clase de artística. Inclusive, bodas de gente de la que uno se esperaba que rompieran en algo con los convencionalismos.
No hay sino que ver las reseñas sociales en el periódico, basta cambiarle el nombre de los nuevos cónyuges y el diseñador del vestido, para que todas sean iguales al resto. En mi opinión, un montón de dinero desperdiciado si nadie puede recordar el día en que te casaste como la ocasión en la que vivieron algo único.
Pero es parte de lo que somos como gentilicio. Aunque presumamos de ser el resultado de una fascinante mezcla de razas, nos sentimos intimidados si alguien irrumpe en una fiesta con un vestuario radicalmente distinto al del común y evitamos, precisamente, ser esa persona distinta. Preferimos la comodidad de un evento en el que ya sabemos exactamente lo que va a pasar y cómo abordarlo.
Ojalá, y con el fin de que las páginas de sociales y las fotos publicadas en Facebook post-boda fueran un poco más interesantes, hubiera más gente que se atreviera a organizar eventos que en algo se identificaran con sus propios caracteres, sus historias de amor y hasta su futuro como parejas. Que las futuras esposas se esforzaran por ser más ellas mismas, y no porque su noche fuera igualita a la de las amigas que conocieron en la merienda de novias. Que uno pudiera ver algo de la forma de ser de los comprometidos en cada uno de los detalles con los cuales han sido organizadas sus nupcias. Que mucha gente dejara de contarnos la misma historia de siempre y empezaran a contar la propia, una que parezca verdaderamente especial y única. 

((Publicado en mi columna "Mi Venus Personal" en OC Magazine, No. 19) 

Por cierto, si se animan a tener una boda que merezca la pena recordar, les recomiendo visitar http://alaguablogger.wordpress.com/

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