Ni Miss, Ni Princesa
Por Gabriela
Agudo Adriani / @gabagudo
Cuando vas a tener un bebé por primera vez, son muchos los
miedos que te atacan. Que si las várices, que si las malformaciones congénitas,
que si no te sale leche. Y no sólo mientras estás despierta, también tienes
muchas pesadillas, que ponen de manifiesto esos miedos ocultos que ni siquiera
sabías que tenías. A mí me atacó uno, que sé que muchas de mis amigas, así como
muchos de ustedes, considerarán absurdo: el miedo a las princesas. Aunque
todavía ni siquiera sé si será un niño o una niña.
Debo empezar por decir que yo no fui criada en la cultura de
las princesas. Por alguna razón, que no logro entender aún, nunca me gustaron
las muñecas. Las Barbies sí, pero eso fue cuando descubrí las telenovelas y me
di cuenta de que me podía inventar mis propias melodramas oscuros y ponerlas a
actuar a ellas como si fueran versiones de Lupita Ferrer y Lucía Méndez rubias,
pero esa es otra historia. Tuve muy, pero muy pocos vestidos –prefería andar en
pantalones- y casi nada de ropa rosada. Mi papá nunca me dijo “princesa”, y cabe
decir que no tengo ningún complejo por eso.
Me críe entre primos varones y primas tan “poco femeninas”
como yo, aunque desde muy chiquita me encanta bañarme de perfume y pintarme la
boca de colores escandalosos. O sea, que coqueta sí era, sin ninguna duda.
Mientras otras niñitas tenían piñatas de princesas, yo pedí dos cumpleaños
temáticos seguidos sobre Michael Jackson (a las que fui vestida además con una
imitación del traje del cantante). Me encantaba llenarme de barro y tocar ranas
y grillos y otros animalitos que a las otras niñitas les daban asco. Pasé mucho
tiempo de mi infancia leyendo y viendo series policiales y muy poco jugando a
la cocinita o al modelaje. En fin, fui siempre muy poco “girly”, y la verdad, es que no salí tan mal.
Por eso, el mundo de las niñas-princesas es para mí un
universo desconocido. No entiendo qué tiene de bonito vestir a una niña como si
fuera un empaque de chicle. Tampoco comprendo cuál es la inspiración que
encuentran las niñas, o las mamás de esas niñas, en mujeres que son engañadas y
sometidas de las formas más tontas y son incapaces de resolver problemas nimios
sin la ayuda de un príncipe que venga a rescatarlas. O ¿qué, sino eso, son
Rapunzel, Aurora (la Bella Durmiente), la Cenicienta y otras de historias
similares?
Tampoco comprendo por qué si en el imaginario infantil
masculino los héroes son chicos que salvan al mundo de los más temibles
peligros, bien sean fantásticos o reales, a las niñas se les inculca la
aspiración de llegar a ser reinas de belleza. ¿Cuál es el mérito real de las
reinas de belleza? ¿Qué las hace tan dignas de ser tomadas como modelos a
seguir? Sí, es cierto, se someten a rutinas inhumanas para lograr el cuerpo y
el rostro perfecto, cosa que no es fácil, lo reconozco, pero ¿aparte de eso?
¿Luchan contra el hambre? ¿Realmente contribuyen en algo con la paz mundial? ¿Qué
noble causa persiguen?
Se me ocurre que no debo estar tan equivocada. Por algo debe
haber una ola de programas de TV y campañas en los que se denuncia a madres que
someten a sus hijas, cada vez a más temprana edad, a toda suerte de rutinas de
belleza y “perfeccionamiento físico” para que ganen concursos o simplemente,
aprendan muy precozmente a lo que ellas llaman “cuidarse”. Pero
paradójicamente, cada vez más niñas, bombardeadas por los mismos mensajes que
nos llegan a las adultas, dejan de prestarle atención a lo propio de la
infancia -aprender y jugar- para asumir preocupaciones acerca de los kilitos de
más, la joroba de su nariz o el largo de sus pestañas.
Parece que no soy yo la única que se niega a comprarle a una
hija hipotética un ajuar completamente rosado. Por algo nació en Reino Unido la
organización Pink Stinks (algo así como “El rosado apesta”), la cual se opone a
los estereotipos de femineidad impuestos durante la crianza a las niñas que las
llevan a tener graves problemas de autoestima y cuyo lema en inglés reza “no
soy ninguna princesa”.
En Venezuela, todo el mundo le pregunta a las niñitas si
quieren ser “misses”. Es decir, reinas de belleza. Todo el mundo parece creer
que ésa debe ser la aspiración más elevada para una niña venezolana. Yo, ni
siquiera de niña entendí qué tenía de extraordinario ser una miss, o por lo
menos no hasta que una de esas misses se convirtió en la exitosa alcaldesa del
Municipio Chacao (pero no por bella, sino por trabajadora y preparada). Además,
en mi país es tan común escuchar que a las niñas, como actividad
extracurricular, las inscriban en cursos de modelaje, que a mí me da pánico.
Porque es que yo creo que estoy dispuesta a escuchar con la mente abierta las
necesidades de mis hijos, pero hasta ahí creo que me llegará la “apertura” de
madre. A menos, claro está, que en esos cursos empiecen a dar clases de
geografía universal, de historia del siglo XX o de idiomas varios.
Nunca se me olvida la anécdota de una de mis compañeras de
bachillerato sobre lo que le dijo una de sus profesoras en clase de modelaje:
“Los trajes de baño de dos piezas son para las niñas delgadas y sin panza, y
los enteros son para niñas muy muy delgadas y altas” a lo que ella preguntó “y
las rellenitas ¿qué usan, profesora?”, “las ‘rellenitas’ no usan nada porque
las rellenitas no tienen derecho a ir a la playa”. Mi amiga, que era ‘rellenita’, después de ese
comentario se negó a ir a la playa por un año. Así que cuando oigo a una mamá contemporánea
decir que inscribió a su hija en un curso de modelaje, no lo entiendo. ¿Por qué
quisieras pagarle a una mujer o un grupo de personas para que destruyan a
fuerza de complejos la autoestima de tu hija que tanto te ha costado construir?
(bueno, eso en el caso de que se la hayan construido).
Como mi vida, mi familia, y el entorno en el crecí han
estado siempre llenos de contrastes, yo, así como esa organización “Pink Stinks”
creo hay muchas, pero muchas más formas de ser una chica que siendo princesa o
miss y que es necesario mostrar todo ese abanico de posibilidades a las bebas desde
muy chiquitas. Hay mil y una cosas que una niña puede estar haciendo en vez de
aprender a maquillarse o a posar antes de tiempo. Es casi inevitable que les
gusten las pinturitas de uñas y las cámaras desde pequeñitas pero, digo yo, que
si las madres se encargan de demostrarles que hay muchas más cosas interesantes
y enriquecedoras en este mundo, no será lo único que aspiren. Para eso ya habrá
mucho tiempo.
Pero en un país donde todo el mundo las bombardea con el
mensaje de las misses, la necesidad u obligación de ser “princesitas lindas”,
es muy difícil criar con éxito de otra manera. Hace falta el apoyo del entorno.
Por eso mis pesadillas. ¿Cómo les digo a mis amigas que no quiero cuentos de
princesas ni vestiditos rosados de regalo? ¿Cómo hago para no fulminar con la
mirada al que venga a preguntarle si ella quiere ser Miss Venezuela sin parecer
una loca feminista talibana? ¿Será que voy a estar sola en esto? Sola… ¿como
una princesa abandonada?


2 comentarios:
Mamita mudate de pais! :-p
Yo les dare asilo junto a mi PRINCESA jijiji
Adivina quien soy!
Jajajaja, quiéeeeen será????
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