

Mi “yo” espectador y la generación de la pena
En medio de todo este fragor de la opinión pública por el movimiento estudiantil y la reciente pasión de los venezolanos por el debate, comencé a preguntarme: ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? ¿Por qué no otros? ¿Por qué no NOSOTROS? Y conste ante todo que no parto de la crítica sino de la pena. O más bien de la autocrítica.
De la pena ¿como es eso? Pues…de la pena de mi generación por haber sido ellos y no nosotros los que impulsamos tan importante movimiento. ¿Qué estábamos haciendo los que hoy estamos más cerca de los 30 que de los 20 que no se nos ocurrió semejante muestra de participación social y política? ¿O es que acaso no había razones de peso para que nos hiciéramos sentir en la palestra pública?
Estos días he tratado de justificarnos asumiendo que somos generaciones que crecimos en medio de momentos políticos muy diferentes. Por ejemplo, yo crecí escuchando decir todos los días en mi camino del colegio a la casa que había disturbios en el Pedagógico. Para mí, los estudiantes que manifestaban eran los culpables de que mi transporte llegara tarde a recogerme al colegio, de las colas, y hasta del humo lacrimógeno que a veces alcanzaba parte de la avenida Páez y eran receptores de maldiciones. Luego, se convirtieron en los responsables de que muchas carreras en la Universidad Central se paralizaran por meses, hasta hacerles perder el año a algunos. Eran malos. Era malo ser manifestante.
Para nosotros, la política era igual a adecos y copeyanos. El país no era perfecto, pero al menos parecía dejarnos vivir en él, y nosotros ni nos enterábamos de lo que estaba pasando en las que después llamaron “cúpulas podridas”. Ajá, eso fue hasta que llegó ese día con el llamado “Caracazo”.
A partir de entonces, entendimos que algo estaba pasando. Luego, varios años de tensión, de susto, de golpes fallidos y de amenazas. Hasta que “la revolución” que descubrimos era el malestar latente de nuestra vida política, llegó al poder.
Para entonces, ya estábamos en la Universidad. Ya votábamos. Muchos probablemente, hasta votamos por Él. Y aún así lo único que sabíamos de política era que no parecía haber ninguna otra alternativa lo suficientemente fuerte como para ganarle al paria de Sabaneta. De no ser por Historia de la Cultura II, mucho ni nos habríamos enterado de lo que era el socialismo; es más, muchos ni sabíamos que había algún otro sistema de gobierno distinto y factible en estos tiempos además de la democracia.
Pero no nos cayó la locha. Ni siquiera cuando nos dimos cuenta de que nuestro recién estrenado gobierno se estaba haciendo el ciego y el sordo ante una de las más grandes tragedias de este país, y una ola de desgracias acababa con un estado entero. Tampoco cuando nos cambió el gentilicio. Igual de indiferentes fuimos cuando modificó la constitución a su antojo; nadie levantó la voz en nombre de los derechos que serían modificados.
Y así por casi 9 largos años. Por eso nos sorprendió tanto la irrupción de nuestros estudiantes en este panorama, en el que no se ve un líder de fuerza por ningún lado. Pero esa no fue la única sorpresa, porque pichones como Yon Goicochea o como Héctor Rodríguez nos dieron tres patadas con una capacidad de discurso, convocatoria y liderazgo mucho mayor que la que hubiera tenido cualquiera de nosotros en su época universitaria.
Sí, inclusive los rojos-rojitos nos han demostrado estar mucho mejor preparados que nosotros los pendejos que fuimos a los mejores colegios de Caracas, estudiamos inglés afuera, viajamos o nos graduamos con honores en la Universidad Católica.
¿Será porque acaso ellos se criaron en un país distinto al nuestro? ¿Será porque casi desde que tienen conciencia de lo que es la política, han visto al mismo hombre en el poder y se cansaron primero que nosotros de que no haya cambio? O ¿será porque se dieron cuenta del vacío de liderazgo que hay en este país y ellos sí son lo suficientemente valientes como para arriesgar el pellejo y luchar por ocuparlo?
Y me hago estas preguntas porque yo, a diferencia de muchos, no creo que sea un asunto solamente de lucha por la libertad de expresión y la autonomía. En este país venimos renunciando a la libertad de a poquito hace mucho tiempo. Lo digo porque creo que uno renuncia a la libertad cuando decide no ejercerla. Por comodidad, por flojera o por miedo.
Nosotros renunciamos cuando no reclamamos por el abandono de Vargas, cuando no nos quejamos por las cadenas, cuando dejamos que nos cambiaran el nombre y la Constitución sin protestas, cuando dejamos que nos siguieran matando a razón de 150 por cada fin de semana, y sobretodo, renunciamos cuando elegimos no quejarnos el primer día en que Hugo Chávez amenazó con quitarle la concesión a RCTV. Yo sé que esto de cerrar el canal ya fue el colmo, pero ¿acaso las causas anteriores no valían la pena?
Hemos dejado nuestra libertad pasar. Por eso me da pena. Propia y por mi generación. Porque Venezuela no es de todos, nunca ha sido de todos, la patria es de quien lucha por ejercerla. Así es que mientras no nos manifestemos, queda en manos de la generación de relevo, la que sí se levanta y alza la voz por ella.
Y recuerdo que esa generación de relevo viene con mucha fuerza, de un lado y del otro; en ella hay estupendos oradores oposicionistas, pero también unos cuantos brillantísimos rojos-rojitos. El tiempo lo dirá. La generación de la pena lo verá suceder.
Gabriela Agudo Adriani
15/06/07
1 comentario:
TIENES TANTA RAZON QUE DA PENA!! PERO CREO QUE AUN ESTAMOS A TIEMPO, PARA NOSOTROS LO DE 30 ESD CASI PEOR, PORQUE SABIAMOS LO QUE VENIA Y NO HICIMOS NADA! SE NOS OLVIDO QUE DEBIAMOS LUCHAR CONTRA UN LOCO QUE SE ATREVIO A INTENTAR UN GOLPE DE ESTADO!!
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