Papá no tiene mal carácter… ¡tiene razón!
Por Gabriela Agudo Adriani / gabagudo@gmail.com
Recuerdo que cuando era pequeña e iba en familia a comer a los restaurantes, más de una vez tuve que ver cómo mi papá se molestaba ante un mesonero hostil y se paraba de la mesa. Mi hermano y yo metíamos la cara entre las servilletas de la pena y seguíamos a papá y a mamá hasta el carro, y empezábamos a dar vueltas hasta que decidieran parar en algún sitio donde el servicio sí fuera de su agrado.
Yo ponía mi mala cara en el asiento de atrás del carro y refunfuñaba porque estaba muerta de hambre. No entendía por qué mi papá se molestaba, me quejaba entre dientes de que con su “mal carácter” nos hiciera pasar “esas penas”. Como es de esperarse, el lugar donde habíamos pasado la rabieta se convertía en sitio vetado para nosotros y de ser posible, para todo aquel a quien papá decidiera contarle lo sucedido.
Más crecidita, empecé a escuchar por ahí que la cultura del buen servicio no es precisamente algo que caracterice a esta nación llamada Venezuela. Y mientras tanto, la genética, que no perdona, me ayudó a desarrollar un verbo tan explosivo y agudo como el de mi homónimo padre. Así que desde que empecé a sudar el dinerito con el que yo misma pago a veces las cuentas de los restaurantes, entendí que quizás papá no estaba haciendo injustificados despliegues de mal carácter. No, ¡papá tenía razón!
Todo esto viene a que estoy convencida que la realidad del mal servicio en muchos establecimientos en el país ha pasado de ser lamentable, a ser insultante y ofensiva. Sobretodo frente al altísimo costo actual de cada trago y cada platico que uno se come en un restaurante medianamente decente de cualquiera de nuestras urbes.
Recientemente he vivido varias amargas experiencias que me han hecho recordar esos episodios gastronómicos de mi infancia. Mesoneros hostiles, manteles sucios, precios ridículos, respuestas de mala gana, abandono de las mesas, tardanza y mala calidad en el servicio. Tristemente son cada vez menos los sitios que uno puede recomendar porque además de que comió bien, fue bien atendido.
Una experiencia en especial, vino como quien dice, a poner la gota que rebozó el vaso de mi tolerancia. Resumo: en un local de estos nocturnos, donde me encontraba celebrando el cumpleaños de una de mis amigas, estábamos todos degustando una botella de vino. Una de las parejas de la concurrencia se retiró y dejó allí sus copas usadas. Cuando al rato, el mesonero vino a traer la siguiente botella, ya las sillas de la pareja que se había ido habían sido ocupadas por otro par de recién llegados.
Le pedí al mesonero, naturalmente, que trajera par de copas nuevas para el vino. La respuesta del señor, que ya tenía toda la noche poniéndonos malas caras y atendiéndonos con fastidio –las escasas veces que se acercaba a la mesa- fue un grosero: “¿Copas limpias para qué? ¡Aquí tienen éstas!¡Es el mismo vino!”.
Mis amigas miraban al tipo con la boca abierta, y a mí, temiendo que saliera un chorro de veneno de los que en situaciones como ésa, me caracteriza. Respiré hondo, procuré no arruinarnos la noche –más aún- y le expliqué que se trataba de dos personas distintas que no tenían por qué beberse las babas de los que antes habían usado esas copas.
Pero hubo unos segundos en que el mundo se paró, antes de tomar aire, y sentí revolverse en mí el monstruo del “mal carácter” Agudo. Me imaginé parándome de la mesa y espetando un “nos vamos”, mientras mi séquito de amigas caminaba tras de mí avergonzadas, tal como lo hacíamos mi hermano y yo cuando el Agudo mayor nos hacía “la escenita del restaurante vetado”.
El hombre se dio media vuelta y –con su ya habitual mala cara y desidia- trajo el pedido. Como es de esperarse, y a pesar de la hermosa vista, de la buena música y lo cool del lugar, decidí no volver a pisar ese sitio.
Hablando con amigos y conocidos me he dado cuenta de que ni mis papás ni yo somos los únicos que han pasado rabietas por la misma razón en bares, restaurantes y afines. Ése, es un vergonzoso fenómeno cada vez mas repetitivo. Lo que no es frecuente, es que la gente ejerza algún tipo de represalia o queja concreta ante esas situaciones de maltrato. Sobretodo si se trata de mujeres, que por su naturaleza, suelen ser más tolerantes y pacíficas en situaciones como ésas, pero no necesariamente son las que menos gastan en estos sitios. Y me excluyo, porque, como ven, tengo muy poco de tolerante y casi nada de pacífica.
Ahora, que cuando soy la única que reclama un trato decente veo en las caras de los demás la misma de “pena ajena” que yo ponía, me pregunto ¿por qué no somos capaces de dar valor a nuestro dinero y nuestra presencia en esos lugares y exigir una mejor calidad de servicio? Sin groserías, claro está. No hace falta gritos ni ofensas para hacer sentir un estado de molestia. ¡Es que somos nosotros los principales culpables de que no nos ofrezcan lo que no hemos pedido!
Por supuesto que el que usted “avergüence” a sus hijos, sus amigos o su pareja, parándose de la mesa en un restaurante probablemente le ganará una trompa colectiva y no necesariamente va a hacer que de un día para el otro la calidad de servicio en Venezuela cambie. Pero si todos condenáramos al fracaso a los locales hostiles –y para más colmo caros- con nuestra ausencia y el correr la voz de la mala experiencia, quizás algunos se den cuenta de la falla en su proceder y su personal.
Tal vez, en una Venezuela de locales más amables, mis hijos –cuando los tenga- no tendrán que esconder la cara en una servilleta ni pasar hambre en el asiento trasero del carro con una trompa gigantesca, porque “mamá, con su mal carácter, otra vez nos hizo pasar una pena”.
2 comentarios:
Pues asqui en Israel pasa algo similar, aunque con ribetes diferentes: la profesion de mesonero es ejercida por adolescentes apenas para " ganarse unos pesos" en vacaciones, antes del enrolamiento en el ejercito con las previsibles consecuencias sobre el nivel del servicio. Cuando vivia en buenos Aires, alla existia ( existira aun ? ) la profesion de " mesonero". Gente de edad madura ( 40 - 50 años ) que se ganaba la vida durante años y estaba capacitada mentalmente para dar servicio.. Pero, que se puede exigir de alguien que hace su trabajo casi casi como pasatiempo ??
Muy bueno tu artículo, eso mismo lo viví en oportunidades cuando chica. El personal de piso rota mucho y los restaurantes no quieren pagar los cursos que se ofrecen en Venezuela porque les parece que los enseñan y se van, así son las cosas!!!
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